March 31, 2026
¿Puede la IA revelar la vida oculta de una selva tropical?
18 min

March 31, 2026
18 min
Una expedición de Conservación Internacional a las profundidades de la Amazonía se pregunta si la IA podrá finalmente ofrecernos una imagen viva de los últimos ecosistemas inexplorados de la Tierra.

Diez días antes de que un equipo de científicos, tecnólogos y guías indígenas se adentrara en una de las selvas tropicales más recónditas del planeta, el ejército peruano cerró el acceso al Parque Nacional Yaguas. Tom Walla, cofundador de Limelight Rainforest, estaba en una habitación de hotel en Ecuador haciendo las maletas con su equipo cuando recibió la llamada. «Miré a todo el mundo y les dije: “¿Qué quieres decir con que se ha cancelado?”».
No se había cancelado. Pero no iba a parecerse en nada a lo que habían planeado.
Yaguas, un área protegida en la Amazonía peruana de un tamaño aproximado a la de toda la región de Madrid, es un paraíso para la biodiversidad. Es un laberinto de selva tropical intacta, donde el río Yaguas atraviesa el denso dosel, alimentando extensas turberas que albergan fauna en peligro de extinción como nutrias gigantes, delfines rosados y monos lanudos.
Pero a pesar de toda su riqueza, Yaguas es un misterio.
«Ni siquiera sabemos realmente qué hay allí», afirmó Ali Swanson, responsable de tecnología para la naturaleza de Conservación Internacional. «Monitorear la biodiversidad a esta escala, en un lugar tan remoto, es algo que no podemos hacer con rigor. Es muy difícil llegar hasta allí y el coste de desplegar los equipos lo convierten en una tarea practicamente imposible».

Swanson sabía que resolver este problema requeriría un enfoque innovador. La expedición —liderada por el equipo de Conservación Internacional en Perú, junto con científicos de la Sociedad Zoológica de Fráncfort, y Limelight Rainforest— voló al Amazonas para poner a prueba una teoría: ¿podría la IA permitirnos monitorear la naturaleza a una escala nunca antes vista?
Equipado con cámaras trampa de última generación, muestreadores de ADN ambiental, cartografía con drones asistida por IA y una nueva generación de tecnología de monitoreo de insectos recién salida de un concurso mundial de innovación en selvas tropicales, el equipo se propuso averiguarlo.
Para Swanson, esto va más allá de la curiosidad científica.
«Se trata de una pequeña expedición en un lugar extraordinario, una especie de proyecto piloto», dijo Swanson. «Pero si logramos el éxito aquí, las implicaciones se extienden mucho más allá de Yaguas».
Un lugar como Yaguas no solo necesita ser comprendido, sino que necesita financiación. Guardaparques, embarcaciones, vuelos de vigilancia, respuesta rápida ante incursiones ilegales: nada de eso es gratis. El equipo de Conservación Internacional en Perú, que ha trabajado en este paisaje durante años y ayudó a sentar las bases para la creación del parque en 2018, comprendía el problema a la perfección. Los donantes, gobiernos e inversores privados que podrían proporcionar esa financiación necesitan algo a cambio: prueba. Prueba de que el bosque está intacto; de que la fauna es única e irremplazable; de que las medidas de protección están dando resultado. Según Swanson, un seguimiento riguroso de la biodiversidad es lo que hace posible esa prueba. Sin él, incluso los lugares más extraordinarios de la Tierra resultan difíciles de defender.
La necesidad de esa defensa se hizo muy patente en los días previos a la partida de la expedición.
Desde la habitación de hotel en Ecuador, Tom Walla se enteró de que unos mineros de oro ilegales habían ingresado en Yaguas. Ya habían estado allí antes, pero esta vez habían traído refuerzos. El ejército peruano estaba entrando en la zona. El parque estaba cerrado.
Se apresuró a hacer llamadas. «Primero nos dijeron que no podíamos quedarnos en la estación porque el ejército estaba allí. Luego pensamos: “Bueno, acamparemos en la playa”. Y después nos dijeron que tampoco podíamos acampar en la playa. Todo el plan se vino abajo».
Por suerte, Conservación Internacional tenía amigos en el bosque.


Jorge Gaviria llevaba años trabajando a lo largo de estos ríos.
Su trabajo con Conservacion Internacional Perú se centró en crear medios de subsistencia para las comunidades que bordean Yaguas, personas cuyas vidas están íntimamente ligadas al bosque. Cuando el parque cerró y la expedición necesitaba un nuevo hogar, Gaviria comenzó a ponerse en contacto con los jefes de esas mismas comunidades. Luego esperó. A su alrededor, los equipos científicos y el personal de Conservación Internacional, que habían pasado meses planificando esta expedición, también esperaban.
«Se enviaron mensajes a los jefes de las comunidades y luego hubo que esperar su respuesta», explicó Jeremy Cusack, científico jefe de Okala. «Teniendo en cuenta que tienes a todo un equipo científico presionándote, queriendo saber qué está pasando».
Resultó que lo que estaba pasando era Jorge. Cuando los jefes de la comunidad de Puerto Franco respondieron, la expedición tenía un nuevo hogar.
«Al menos el 90 % del bosque está intacto», dijo Gaviria. «El otro 10 % es donde vive la gente. Era el lugar perfecto, justo en las afueras del parque».
El campamento que se formó a orillas del río podría haberse confundido con un pequeño pueblo. Un total de veinte personas —ecologistas, técnicos, botánicos y miembros de la comunidad indígena local de Puerto Franco— habían llegado en barco, transportando el equipo hasta lo más profundo del bosque. Drones. Cámaras trampa. Kits de muestreo de agua. Baterías. Un terminal Starlink para transmitir datos al mundo exterior.
«Es como escalar el Everest», dijo Walla. «Para llevar a cada equipo al interior de la selva tropical durante dos días se necesita un equipo de otras diez personas: cocineros, barqueros, mecánicos. Es una lista increíble».

Un grupo se adentró en la maleza colocando cámaras trampa —dispositivos activados por movimiento diseñados para fotografiar cualquier cosa que pasara por allí: jaguares, tapires, la fugaz evidencia de un ecosistema saludable—. Otro se desplegó a lo largo de los afluentes del río, recogiendo muestras de agua para analizarlas en busca de ADN ambiental —los rastros biológicos invisibles que todo ser vivo deja tras de sí—. Un tercer equipo voló drones por encima del dosel, capturando imágenes tan precisas que se podían identificar especies de árboles concretas desde el aire. Y en todas direcciones, en árboles, arbustos y el suelo del bosque, el equipo colocó una red de pequeñas luces LED que parpadeaban al caer la noche.
Cada tecnología planteaba una pregunta diferente. Las cámaras trampa preguntaban: ¿qué se mueve aquí? El ADN ambiental preguntaba: ¿qué vive en esta agua? Los drones preguntaban: ¿qué crece aquí y dónde? Y las luces... las luces preguntaban algo que, hasta hace muy poco, a nadie se le había ocurrido preguntar.
Durante una generación, el proceso de estudio de los insectos ha sido más o menos el mismo: una luz potente enfocada hacia una sábana blanca. Este método de baja tecnología es como atraer a una polilla hacia una llama, o el enjambre que se encuentra con la luz del porche al atardecer. Pero en una buena noche en la selva tropical, el enjambre resultante puede ser inimaginable: una sábana blanca que se vuelve negra con artrópodos retorciéndose.
«Es como tu primera fogata», dijo Walla, que ha desarrollado su carrera entre entomólogos. «Sales, te tomas algo, observas polillas sobre una sábana a las dos de la madrugada con un grupo de auténticos fanáticos de los insectos, y aprendes a amar la diversidad de la vida».
Pero Walla afirma que ese método tiene lagunas, y de las grandes. Cuando los especialistas llegan con frascos y pinzas, recogen los insectos que reconocen —las familias que han pasado toda su carrera estudiando— y dejan todo lo demás. No porque el resto no importe, sino porque no hay otra opción. Nadie puede identificarlo todo. Los especímenes que sí se recogen acaban almacenados en los sótanos de los museos de historia natural, apilados hasta el techo, a la espera de expertos que quizá nunca lleguen.
«Al contemplar una de esas láminas, estás viendo una muestra representativa de la diversidad de toda la naturaleza», dijo Walla. «Y solo recoges quizás el uno por ciento de ella».
En Yaguas, las cosas eran diferentes. Seguía habiendo sábanas y luces, pero nadie estaba de guardia con una cerveza. Ni siquiera había nadie identificando nada sobre el terreno. En su lugar, una serie de cámaras de alta tecnología fotografiaba continuamente todo lo que pasaba por encima de la sábana: cada minuto, toda la noche, durante cinco días. Los insectos llegaban, eran fotografiados y desaparecían de nuevo en la oscuridad.

De vuelta en el laboratorio, potentes modelos de aprendizaje automático basados en IA se pusieron manos a la obra para catalogar y contar. Se midió cada organismo que había aparecido en cada trampa —en la mayoría de los casos, no a nivel de especie, sino en categorías más amplias como la familia o el género—; lo suficientemente preciso como para extraer conclusiones significativas sobre la diversidad biológica del bosque. A partir de cinco días de muestreo, el equipo recopiló 160 000 observaciones de insectos. Ochocientos cincuenta y cuatro taxones.
«Es el peor indicador ecológico de cualquier grupo; eso es lo que me han dicho sobre los insectos durante toda mi carrera», sonrió Walla. «Demasiado variables. Demasiados para contarlos. Demasiado difíciles de identificar. Y tenían razón… hasta ahora». Hizo una pausa. «Yo diría que los insectos son ahora el mejor indicador que tenemos. Porque por fin contamos con las herramientas para interpretar lo que nos están diciendo».
Pero los insectos eran solo una pieza del rompecabezas más amplio de Yaguas que el equipo estaba armando.
Durante décadas, el estándar de referencia para la evaluación de la biodiversidad en lugares como Yaguas ha sido el Programa de Evaluación Rápida de Conservación Internacional —los estudios , para abreviar. Equipos de especialistas se desplazan a una zona remota, pasan semanas catalogando todo lo que se mueve y regresan con una instantánea: un registro irreemplazable de un lugar en un momento determinado. Un estudio RAP de Yaguas realizado en 2010 fue fundamental para que Yaguas se convirtiera en parque nacional.
Con herramientas autónomas funcionando simultáneamente en múltiples emplazamientos, un pequeño equipo podría recopilar suficientes puntos de datos para hacer algo que nunca antes había sido realmente posible: extrapolar. Pasar de un puñado de puntos de muestreo a una imagen fiable de todo un ecosistema —y repetirlo, de forma asequible, una y otra vez.
«No estás vigilando todo el parque», dijo Cusack. «No puedes. Pero con las herramientas adecuadas en los lugares adecuados, no hace falta».

Las matemáticas de la escala
En noviembre de 2024, Ali Swanson subió a bordo de una pequeña avioneta sobre el Parque Nacional Yaguas. A su lado se sentaban dos guardaparques, que observaban con atención el denso dosel que se extendía debajo.
Swanson se había reunido con el equipo de Conservación Internacional en Perú para comenzar a planificar la expedición. Cuando las autoridades locales del parque se enteraron de que estaban planeando un sobrevuelo, insistieron en participar en el vuelo.
«Eso es a lo que nos enfrentamos», dijo Swanson. «Estos guardas forestales tienen tan pocos recursos económicos que viajar con nosotros era la única forma que tenían de inspeccionar el parque y encontrar a los buscadores de oro ilegales».
El presupuesto anual total de Yaguas para 2023 fue de aproximadamente 250 000 dólares estadounidenses. Compárese eso con el Parque Nacional de Yellowstone —aproximadamente del mismo tamaño que Yaguas—, que funciona con un presupuesto anual de unos 77 millones de dólares estadounidenses.
Los guardabosques de Yaguas se ven desbordados por los mineros ilegales que llegan en barco, los taladores que trabajan en los límites del bosque y la simple matemática de la escala: muy poca gente, muy poco equipo, una zona silvestre demasiado vasta para vigilarla. Y la presión no hace más que aumentar.
Para Swanson, existe un vínculo directo entre los datos recopilados en misiones como esta y el dinero real que se destina a la conservación.
Una posible oportunidad financiera son los créditos de naturaleza, un instrumento financiero incipiente pero en auge que permite a las empresas y a los gobiernos financiar directamente resultados de conservación verificados, de forma muy similar a como los créditos de carbono han permitido desde hace tiempo a las organizaciones compensar sus emisiones. El Ministerio del Medio Ambiente de Perú ha reconocido este potencial y está desarrollando un marco nacional de créditos de naturaleza. Conservación Internacional está trabajando para garantizar que Yaguas esté preparada cuando llegue ese mercado, y precisamente por eso son tan importantes los datos de seguimiento.

«Si queremos conservar estos lugares dentro de 50 o 100 años, debemos actuar hoy».
Para los pueblos indígenas de Puerto Franco, ese trabajo ya ha comenzado. Mientras los científicos hacían las maletas y regresaban a rincones remotos del planeta, los miembros de esta comunidad ya estaban en casa.
Habían sido fundamentales para el éxito de la misión. Durante 10días, seis miembros de la comunidad habían viajado con los científicos, recorriendo más de diez kilómetros al día por el bosque, instalando sensores, activando trampas y recopilando datos. Cuando los científicos se marcharon, el equipo se quedó. También se quedó el conocimiento de cómo utilizarlo, y la responsabilidad de recuperarlo y enviarlo para su análisis.

«A pesar del cansancio y la intensidad del trabajo, para nosotros es muy importante aprender más sobre lo que ya estamos protegiendo», afirmó Luis Perdomo, miembro de la comunidad de Puerto Franco y participante en la expedición.
Las palabras de Luis hacían eco de lo que Cusack creía que este trabajo podría llegar a ser.
Por ahora, en Puerto Franco, los sensores siguen funcionando. El bosque sigue ahí. Y se están reuniendo argumentos a favor de Yaguas, dato a dato.
Esta expedición fue dirigida por Conservación Internacional Perú, con el monitoreo de la biodiversidad diseñado y liderado por Okala y la tecnología de campo proporcionada por Limelight Rainforest y sus equipos afiliados Selvatek y Rubiscoco. La Sociedad Zoológica de Fráncfort, socio por muchos años de Yaguas, ha sido fundamental en el apoyo a la protección del parque desde su creación en 2018. La financiación para la innovación tecnológica que hizo posible este proyecto piloto fue generosamente proporcionada por [PJMF — nombre completo TK]. Agradecemos a las comunidades del bajo Putumayo, cuyo compromiso con Yaguas es muy anterior a cualquier expedición.